miércoles, 29 de agosto de 2018

Mi transición no pudo desaprender de la trilogía de la imaginación.

O mejor, hablaré de las impurezas de la imaginación.
Al terminar mi trilogía precisé una nueva forma de narrar con algún ingrediente más... humano, ¿cómo diríamos? más... realista, autobiográfico y mundano. Así empecé esta nueva etapa literaria, la transición hacia una novela diferente.
¿Cómo cambiar mis anteriores facultades, las que formaban mis ladrillos narrativos? Los ladrillos con los que se compone cada frase hasta completar el edificio inmaterial llamado novela.
La imaginación es la facultad de la razón que todos los escritores desarrollan para construir su obra. La fantasía es el grado superior de la imaginación. Todo escritor utiliza la imaginación, pero no todos pueden llegar a la fantasía. Mi trilogía "El relato total" engloba mis tres primeras novelas y todas ellas  despliegan ese grado superior de la imaginación llamado fantasía.  
En El fósil vivo, la fantasía se puso al servicio del intelecto. Mi forma de jugar con el lenguaje creaba  por si misma los capítulos, y los párrafos enteros se componían con frases sonoras, sólo con el intelecto. Así, con la destreza del lenguaje, vino a mi mente la fantasía exacta.
En La Venganza del objeto la fantasía pilotó con audacia los recuerdos; recuerdos mezclados con partículas que se desprendían de mi imaginación. Con los recuerdos el devocionario se escribía solo. La fantasía, por sí sola, vestía la memoria de mi padre.
Por el contrario, en Residencia de quemados desarrollé la fantasía en bruto, la fantasía mezclada con la arrogancia y con la fuerza fue la que escribió mi novela, la que dio voz a mis queridos quemados.
El intelecto, los recuerdos y la arrogancia fuerte han constituido los condimentos de mi fantasía; podemos concluir, entonces, que la imaginación está llena de "impurezas".
Por todo ello, no parece que se pueda hablar de una imaginación pura, o al menos, a mi no se me ocurre, pues como en mis tres ejemplos, o la imaginación está ensuciada por el intelecto, sea este más o menos sublime, o habla desde la memoria hecha con esos ladrillos de recuerdos, o la desencadena la fuerza bruta de un personaje "legendario", como es el caso de la princesa Ruta. Intelecto, recuerdos de la memoria y fuerza bruta son ejemplos de "las impurezas de la imaginación". 


Mi cuarta novela precisa de una transición. Ya no necesito personajes con cachiporra, ni casi celestes por lo ultrahumanos que parecían; ahora sólo he tenido que inventar un personaje, con características usuales o familiares, acechado por hechos reales. Lo situé en un país lejano y querido por mi, en el Japón de los luchadores, allí viajó él, para medirse a esos hombres intrépidos, nada menos que a los maestros del judo. 


De todos modos, al igual que todo logro contiene su hallazgo anterior, mi transición no ha podido despegarse de toda la imaginación que la precede, de la anterior fantasía: también la cuarta novela contiene ciencia ficción en forma de actos futuribles, relacionados con máquinas ingrávidas y otros efectos sonoros o con luz invisible. Todos estos hallazgos -como si yo pudiera darles la categoría de personajes-, querían existir, hacerse vida; como en toda transición, algo quedaba de lo anterior, en este caso, no pude olvidar mis antiguas  maneras de narrar.


2 comentarios:

  1. Con lo que comentas en tu nueva entrada, ya tengo ganas de leer tu nueva novela. Y por lo que he entendido la historia transcurre en Japón. Me gustaría preguntarte si en tu caso, la nueva forma de narrar nace de la necesidad de la propia historia -es decir, la historia te exige un nuevo tipo de narración- o es algo que ya tenías pensado, premeditado, antes de construir la trama. Por otro lado, hablas de un tipo de ciencia ficción con máquinas ingrávidas incluidas, pero ¿no crees que en tus anteriores novelas ya aparece la ciencia ficción? Gracias y un saludo.

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    1. Gracias Elena por tus amables palabras y por el acertado contenido de tu comentario.
      Con respecto a mi cambio de forma en la narración, las dos cuestiones son reales: la propia historia me obligaba a actuar de forma más documental, más autobiográfica, ya que contaría anécdotas del mundo del deporte, del judo, en concreto. Además, lo tenía prescrito, premeditado, ahora tocaba hablar de lo mundano, al margen de la trama.
      Respecto a lo de la ciencia ficción, sí, ya lo usé en otras novelas, aunque en este caso era una ciencia ficción futura, y en casos anteriores -"El fósil vivo", por ejemplo- la fantasía sólo actuó imaginando un pasado, sería como una ciencia ficción retrospectiva, si ello es posible.

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