viernes, 13 de agosto de 2021

Dos recuerdos construidos al gusto: ¿Cómo se monta un recuerdo, si solo disponemos de un chispazo primigenio?

En estos días sentimentales muy propensos al recuerdo fácil, cuesta hacerse a la idea -aunque solo sea de manera intuitiva- de que todos los recuerdos son falsos, y, en cambio, hay multitud de  estudios que parecen avalar esta toería, pero, entonces ¿cómo se construye un recuerdo? 

Un buen método sería la superposición de varias experiencias o imágenes con las que componer el susodicho recuerdo; todavía mejor, podríamos establecer una yuxtaposición de las distintas visiones con las que cada recuerdo ya cuenta, es decir, con las versiones distintas de todas las ocasiones. Todo esto sin mencionar que el mismo recuerdo es interpretado por más de un implicado. Sería fácil concluir que varias yuxtaposiciones pueden construir por sí solas un recuerdo.

Pero ¿cómo se monta un recuerdo, si solo disponemos de un chispazo primigenio? 
Tengo al menos dos chispazos en el margen de mis recuerdos: la palangana y la albóndiga. Mi madre de niño me bañaba en un barreño, cubo, piscina olímpica o simple palangana de zinc. ¿Puede una simple palangana trasformarse en piscina olímpica? ¿Y el niño gordito podía vestir pañales de neopreno? Todas esas visiones han sido verdaderas, pero ¿cuál es la primigenia? ¿Cuál es el recuerdo auténtico? Solo puedo garantizar una cosa, que esto ocurrió al amanecer de un día. Desde ese momento tuve que montar el recuerdo.

Foto: www.istockphoto.com
 
También mi madre que luchaba contra mi hambre feroz me regaló una inmensa bola de carne, una albóndiga, inusual comida para un bebé sin dientes todavía. ¡Qué felicidad debió sentir ese crió! Eso creo. Tuvo que ocurrir en el atardecer de un día. El manjar se convirtió en albóndiga años después, cuando mi madre lo relataba. Fue ella quien se hizo cargo del montaje. Yo me quedé con mi recuerdo, la solitaria imagen de mi madre en bata de guata, bañada en la tenue luz de una vela, como si dicha oscuridad recubriese esa pátina del trozo de mi memoria. ¿Lo recordaré toda mi vida?... Las imágenes las diluye el mismo tiempo que envuelve los recuerdos. Tuve que ayudar a mi madre en el montaje completo del susodicho recuerdo de la albóndiga.

Ambos recuerdos sucedieron en su día, pero luego fueron construídos -montados- al gusto. 

Ahora no me dejan dormir por el exceso de sentimiento amoroso maternal, fácil de resumir con una palabra: amor. Podríamos decir que la palangana y la albóndiga las ha producido el sumatorio de dicho amor, las yuxtaposiciones de todos esos sentimientos.



lunes, 12 de julio de 2021

Mi nuevo método: desenfocar las experiencias hasta el absurdo

Seguiré el hilo de la entrada anterior. En esta comentaba que todo escritor tiene en su juventud sus experiencias bien activadas, y construye de este modo con ellas  sus novelas; es lo que llamé la carne de novela, el alimento para toda narración. Así lo dije hace casi un mes: "La carne de novela está hecha con experiencias manufacturadas, o lo que es lo mismo, con experiencias pasadas por el filtro de la imaginación".

En esta nueva entrada daré alguna pincelada de mi nuevo método para contar historias, método que precisa colocar las experiencias de una determinada manera: las experiencias deberán desenfocarse, con permiso, por supuesto, de la imaginación  que siempre está activada; ahora bien, el método que seguiré para desenfocarlas será diferente, según el objetivo que tenga en mente. Si el objetivo es una novela ordinaria, el método será presentar las experiencias al gusto del escritor; pero, si el objetivo es una antinovela -y esto es lo que es novedoso-, el método será algo más sofisticado.  En una anti-novela la distorsión de las experiencias tendrá que ser, como mínimo, a la carta, ya se trate de una anti-novela con narradores algo deficientes, personajes un tanto peculiares, o, simplemente se trate de una anti-novela con su historia un poco rara.

Creo que es una buena idea desenfocar las experiencias -hacerlas borrosas- para poder usarlas, y poder así convertirlas en el alimento para la narración. No se debe olvidar que dichas experiencias deberán ser consistentes, para que una vez ya desenfocadas no queden ridículas. Toda experiencia cuando la presentamos desenfocada puede parecer ridícula, pero tras un pequeño análisis saldrá a la luz su  consistencia.

¿Cómo se puede desenfocar una experiencia?

                                                                   Paraeta, Kiosco, en Valencia

 

                                                                            Paraeta desenfocada
 

Es bien sabido que todos los recuerdos son falsos. Si esto es cierto, toda experiencia basada en un recuerdo se presentará un poquito desenfocada.  Los recuerdos dan la cara embadurnados, por lo que las experiencias que provienen de ellos  también las veremos emborronadas, por mucha literatura que se les pegue. Las experiencias presentan su borrón como antifaz, como les ocurre a las caras de los menores cuando son censuradas para  proteger su intimidad. Esta manera de tratar la experiencia, a muchos puede parecerles  un tanto desmesurada, incluso atrevida. Para que no sea  tan difícil pondré dos ejemplos: 

En el primero contaré lo que dio de sí una simple experiencia: tenía en mi cabeza una escena de un tio mío moribundo. Mientras le llegaba la muerte un montón de hijas se arremolinaban ante él y lloraban anticipando lo que se les avecinaba. Antes del último suspiro llegó la nuera en discordia -la nuera indeseable-, la que estaba casada con su único hijo varón, y mi tío extrajo de su ánimo todo el perdón de los acontecimientos que habían tenido lugar. La escena estaba preparada para que el lector sufriera, pero se me ocurrió darle un toque cómico, para que el lector se pudiese reír un poco, por eso, años después de haberla vivido, la puse sobre el papel ya reciclada, embadurnada, emborronada o desenfocada, como se quiera. Me refiero a la escena de mi anti-novela La paraeta, que saldrá pronto a la luz.

El segundo ejemplo trata de la psicología de los narradores. En este caso me refiero a algo más actual, tiene que ver con la anti-novela que todavía estoy escribiendo. En este momento me propongo algo más difícil: intento que la omniscencia clásica del narrador -esa que a todos tanto apetece, y a la que nadie hace ascos-, esté en entredicho, es decir, que mis narradores dejen de ser unos superdotados repletos de metáforas, y que todo parecen saberlo, pues nada se les escapa; necesito que se comporten tan solo como simples humanos. En este trabajo presento a mis narradores -después de desenfocarlos- como deficientes cognitivos. 

Como se puede comprender sin esforzarse demasiado, en esta anti-novela además de estar desenfocadas las experiencias, también me encargo de trastocar la facultad que el narrador tiene para hablar de ellas. Invento -o creo- una mente distorsionada: mi narrador paleto, sin talento para la narración. Esa, y ninguna otra, es su valía. Necesito dar visos de congruencia a la total incongruencia.  Apostarlo todo a un narrador tan paleto que se cree un superdotado ¡Y anda que no es difícil!

 

jueves, 17 de junio de 2021

Carne de novela: las experiencias imaginarias

El escritor en su juventud tiene ya todas sus experiencias activadas, las tiene completas, expuestas, las puede mover y remover hasta que adquieran la consistencia adecuada, para convertirse en carne de anécdota, carne de personaje o carne de novela.  Carne jugosa y siempre  magra.

Las experiencias -aunque las tengamos completas- es preciso mezclarlas con  otras muchas cosas. Las experiencias son tan poco divertidas que precisan, por ejemplo, de la imaginación para que parezcan otra cosa, más suculenta y comprensible. Así es como las experiencias se hacen magras: la imaginación adoba la carne de la novela.

La carne de novela está hecha con experiencias manufacturadas, o lo que es lo mismo, con experiencias pasadas por el filtro de la imaginación. En el cuerpo humano la carne nos crece como mejor puede, es imposible rellenarse el cuerpo, ponerse la carne que a uno le plazca. A diferencia de la carne humana, la carne de novela la podemos manejar y materializar a nuestro gusto con ayuda, por ejemplo, de la fantasía.

Pero es sabido que la imaginación puede alimentar hasta los defectos, o es que ¿los defectos no se alzan a veces como protagonistas? Y lo que no ha ocurrido ¿no es acaso un buen recurso para una novela?

Es preciso montar las experiencias sin ponerles límites, darles vida añadiéndoles todo lo que recordamos o vivenciamos como espectacular. Esto es lo que ocurre cuando la imaginación se tropieza con los episodios vividos.

En esta entrada voy a centrarme en la experiencia de un deporte de máxima exigencia, como es el judo. En la juventud y hasta los veinte años estaba obsesionado con la lucha, y sobre todo, con la técnica necesaria para ser un buen luchador competitivo. Era la época del judo acción-reacción, la propuesta, muy conocida, del gigante holandés Anton Guesink, y la increíble técnica del campeón japonés Fumio Sasahara. Tuve que conectar ambas tendencias, aparentemente tan separadas entre sí. De dicha mezcla salí yo, después hice con ella todo lo que pude.

        Combates reales imaginarios

Tomoko surgió de la combinación de esos combates reales mezclados con toda la fantasía que podía emplear. Toda la novela me vino de las historias que me acecharon en Japón, cuando ingresé en Nichidai -una Universidad de Judo en Tokio-, de las experiencias vividas y maravillosas y de cómo se relacionaron con la imaginación. La fantasía debía encontrarse al mismo nivel que el sudor de los combates. Toda la parte del judo, la memoria del deporte, la tenía intacta a los veinte años; faltaba otro ingrediente para escribir Tomoko: el anhelo por la literatura, que poco parece tener que ver con esa brutalidad del judo de competición. ¡Todavía me cuesta asimilar cómo pude inventar en Tomoko la novela circular! Fue una maravillosa invención que surgió cuando construí el personaje de Charles Sánchezland como contrapunto al esfuerzo y a la "agresividad".  Mi cambio en el carácter estaba servido.

 

Foto: Alfredo Hernández en Universidad de Nichidai (Tokio)


Era una escritura sin límites, o al menos yo no los encontraba, mi fantasía no tenía limites, las flaquezas no existían, todavía. En Tomoko se pueden encontrar todas las herramientas que precisé para su escritura. 

La carne de la novela la tenía toda, solo faltaba que se mezclara con ella la imaginación. Tomoko es la historia de una obsesión que tenía a los veinte años, contada con la madurez de los cincuenta. Tomoko es la historia de los combates reales imaginarios. Las experiencias reales tamizadas por la fantasía. Así es de inmensa.

 


lunes, 5 de abril de 2021

La posteridad recogidita y las pesadillas que no te dejan dormir

    Necesitaba comentar algo más sobre la "posteridad recogidita",   seguir el hilo de la entrada del 28 de diciembre del pasado año, annus horribilis, en el que fuimos confinados.

    Añoro a mi abuela que siempre me decía: "¡ten todas las cosas de tu vida recogidas!" -recogiditas-, y así de comedida era ella, salvo con la sal, que con mucho se le escapaba, no era quien para frenar su mano. Los guisos le salían salados, lo que llamaba `sentidito´ de sabor. Siempre me aconsejaba: "todo tienes que tenerlo recogidito", las salidas nocturnas, las ropitas y hasta las relaciones sociales recogiditas. Sí, ten amigos, pero solo los "que te quepan en una mano". 

     Ella pensaba que, si quieres tener tu vida controlada, deberías tener todas tus cosas recogiditas, y no recogiditas de pequeñitas, más bien como ordenaditas. Así de simple era su concepto. Mi abuela tenía razón, y como a mí también me gustaba controlarlo todo, se me ocurrió estirar un poco más el concepto para que abarcase al término posteridad, pero ¿podría controlarla? Me parecía muy difícil pero tenía que intentarlo.

      Como dije en diciembre la posteridad humana no puede ser otra cosa que recogidita, tenerla a la mano, al gusto propio, y no solo eso, además deberá ser imaginada, o simplemente, tendrá que vérselas con otras creaciones imaginarias, lo que nos mete de lleno en un círculo vicioso: la posteridad imaginada construida solamente con creaciones de obras y personajes imaginarios.

    El desiderátum de una posteridad recogidita imposibilita que en esta quepa lo no escrito todavía.  Ni los libros no escritos -las obras imaginadas que desean ser escritas-, ni los personajes imaginados, los posibles personajes que solo habitan en la cabeza, antes de ser carne de novela, deberían afectar a la posteridad. Tanto las obras que desean ser escritas, como los personajes fantásticos gozarán de vida propia, ambos costruidos solo con deseos e imágenes cerebrales.

   A pesar de que lo no escrito no tiene cabida en la posteridad, esto no impide que aparezca de manera inoportuna durante mi noche. Ni la vida interior de las obras, ni la de los personajes imaginarios  me dejan dormir, pero ¿cómo puede algo que todavía no ha existido, ni tan siquiera, en la conciencia del autor, imponer restricciones al sueño?

El sueño de la razón (Caprichos), Goya

    Pero hay más, también quieren entrar en mi cama otros indeseables como por ejemplo mis yoes anteriores, mis yoes ya desestimados, que desean seguir vivos, que no se callan; todos tienden a opinar, no paran de hablar, de pensar cosas estrafalarias. Les mando callar, como hago con los personajes reales, los que ya han revestido de carne las novelas.

     Los personajes no nacidos y las novelas no escritas me quitan el sueño, le hacen crujir y dan vida a las pesadillas. 

    Me pregunto, ¿cómo es posible? Parecen tener una vida propia, ¿cómo puede tener vida propia lo que no ha nacido todavía, lo que no tiene existencia real?

    Pondré algunos ejemplos de imaginarias entidades que se apuntan al trastorno de la dormidera. Empezaré con Residencia de Quemados. Los más  molestos son algunos personajes imaginarios, los que no llegaron a ser carne de novela, como otra Clara, con la misma envidiable inteligencia, eso sí, pero que de pronto se contagia de coronavirus, y tan lista  como era, en algún capítulo se vuelve tocha; o Ruta, propensa como es a derribar imperios, que de pronto se tropieza contra uno no depravado, uno ejemplar políticamente, y no puede hacerle nada. Algo parecido ocurre con El fósil Vivo, una noche que se prometía placentera, a un aburrido Don Modesto le da por convertirse en corrupto, en indecente.  También algo le pasó a Tomoko, pues ¿no quería hacérseme chabacana?  ya sería el colmo, casi contra natura, ¡Tomoko chabacana! Eso no respetaría ni siquiera la estructura de mi personaje; por último, mi querido padre en La Venganza del Objeto se ensarza de nuevo contra Chiripa, quien incansable, lejos de amedrentarse, le da por atacar.  Mientras, Valiente -mi padre disfazado de personaje- con sus sentidos en carne viva se defiende. Mi catedrático de la melancolía, gracias a su laico cielo, nuevamente herido vence.

    Las obras también quieren apuntarse a mi desvelo nocturno. Por ejemplo, mi ambiciosa propuesta de la novela circular, de pronto, en sueños se vuelve real, y se hace hasta con el esfuerzo vital de mi antiguo judo, e imagina otra hipotética historia que nunca tuvo lugar.

    Puestos a complicar las cosas estos personajes advenedizos crean lectores también imaginarios (esto ya es la pera), los lectores imaginarios que  inventan una posteridad por su cuenta.   

    Por lo menos los personajes imaginarios siempre se muestran fieles a sus caracteres, salvo el de Tomoko chabacana, claro. El conjunto casi infinito -la lista- de todo lo no dicho, todos los participantes de este anecdotario que todavía no han conocido el esfuerzo de convertirse en carne de novela, constituyen la suma de los olvidos. Personajes de humo y obras hechas solo con un aroma, le dan a la posteridad imaginaria una orden de reinventarse, mientras todavía puede.


    ¡Buenas noches! les digo, ¡no les permito entrar en mi noche! Sería una flaqueza. En general ante cualquier incursión nocturnina hay que actuar de la misma manera, sin escrúpulos y expulsando a todos esos advenedizos tan insistentes y molestos. La mejor terapia para dormir es no dejarles entrar en la noche de los sueños, ni a esos personajes no natos, ni a las obras que levantan la mano para existir, para hacerse ver. No podemos dejarles seguir su nocturnino rastro, dentro de las pesadillas, cuando lo que queremos es dormir.  

    Cuanto más nos miramos el ombligo -el de todas nuestras pertenencias imaginarias-, más nos parecemos al paleto de pensamiento que todos llevamos dentro.

    El confinamiento del 2020-21 nos hizo esto a los humanos. Lo demás parece haber dejado de existir, está en su ratonera confinado.

   

miércoles, 3 de marzo de 2021

¿Cómo sacar los huevos del bizcocho? Nada más y nada menos

Por muy mal que esté hecho el bizcocho ¡qué difícil es separar de su mezcla los huevos! Lo mismo ocurre en las novelas, sobre todo en las que los personajes hablan y reflexionan sobre el libro que está dentro de ellas. Ese es mi caso. 

 

                                Foto: El rincón de casa El caminero
 

Mi metaliteratura intenta meter una historia dentro de otra  -un libro dentro de otro-. Tal pretensión además de ser difícil puede parecer pretenciosa. En alguna de mis obras es costoso reconocer la historia principal, ¿es esta dificultad un planteamiento novedoso? Lo realmente novedoso es que los personajes hablen y hablen, reflexionen y reflexionen sin parar sobre el libro inserto en la novela, que en principio era secundario. Los huevos -el libro insertado- también forman parte del bizcocho, quiero decir, de la novela.

¿Qué es más importante en un cuadro, el paisaje completo que muestra la pintura, o la pequeña cesta con frutas que se encuentra en un rincón, junto a un árbol? 

Pregunto a mis lectores: ¿qué parte del relato consideran más primoridal en mi novela El fósil vivo?  ¿La del Sacrotocho o la historia de Ausonio y su cuidadora, María del Océano? Y si hablamos de  Residencia de Quemados con su  Relato Total ¿quién se lleva el gato al agua, Clara o la princesa Ruta? En Tomoko es más complicado, ya que  la historia de ficción contiene dentro otro relato; es la historia de una repercusión literaria, por supuesto, también inventada: ¿quién será ahora más importante, Tomoko o la singular historia de Charles Sánchezland? 

En cada caso -en cada novela que he nombrado- existe una relación diferente entre los dos libros que conviven en la misma novela: el reto es averiguar donde acaba el continente y empieza el contenido. La analogía culinaria, casi pastelera, de nuevo ataca, bizcocho y huevos siguen tan unidos que intentar separarlos es una quimera. Qué difícil hacer un bizcocho sin antes conocer el sabor que promete el huevo. 

Con anterioridad, en otra entrada, hablé de una novedad, se me ocurrió la creación de un personaje inusual, un libro antiguo, el Sacrotocho que tenía la cualidad de auto-decirse. Me refiero a la entrada del 5 de septiembre del año 2019. Esta entrada se titulaba El Sacrotocho, el libro que se autonarra. Copio parte de la entrada para ejemplificar la idea de la síntesis estrecha entre  el bizcocho y los huevos. Creo que no es preciso conocer la historia de El Fósil vivo para comprender de lo que hablo: 

(...) un libro antiguo, el Sacrotocho que tenía la cualidad de auto-decirse; quiero decir, que él mismo contaba sus avatares, todo lo que le pasaba y cómo los años se ensañaron con su existencia de papel. Este recurso fue para mí novedoso, pues nunca antes lo había encontrado en otras novelas, nada menos que un libro con conciencia, que habla. Todo ello le hacía ser un narrador diferente, sobre todo cuando al final tomó el relevo de la narración y asumió sus dotes de protagonista. 

Así se comenta a sí mismo el libro que habla, el Sacrotocho, el libro sagrado editado en piel de peregrino:







lunes, 28 de diciembre de 2020

La posteridad "recogidita" o el estruendo del silencio

Todos somos seres patafísicos -o quisiéramos serlo-, para todos los temas. ¡Cómo nos cuesta conformarnos con la posteridad igualitaria!, la que por ser recogidita nos afectará a todos. Odiamos esta posteridad aniquiladora que se quiere llevar a todos por delante. Es el ser recogidita lo que le hace perder su encanto. 

Parece necesario premiar el esfuerzo inmenso que nuestro cerebro acoge para crear los personajes, que aunque grandes en sus pretensiones vitales, todos, de tener la suerte de ver la luz, serán igualitariamente olvidados. Dicho esfuerzo mental no tiene explicación lógica, todos deberán esfumarse a la velocidad de los humanos -poco tiempo parece quedarle al humano-; los personajes volarán por encima de nosotros, ingrávidos, en el espacio que marca el slencio de los tiempos. Se elevan sobre nuestras cabezas y se parecen a nosotros, o todavía mejor ¡somos nosotros! ya que cada uno porta una parte de nuestra esforzada mente ¡Qué estruendo oiremos! será sonoro, el cataclismo, la destrucción de los que nunca vivieron en estado cárnico, que tampoco gozaron de huesos, alguién escuchará el ruido de su caída. El silencio se trasforma en estruendo, o mejor, algunos lo llamaremos el estruendo del silencio.

 

 
Pintura: Rocío Caballero

 De la visión de este cuadro figurativo de una pintora mexicana, hace ya algún tiempo me surgió esta reflexión. El ruido de los humanos flotantes cuando caen para ocupar su triste espacio. Solo pondré un ejemplo, el de Modesto Bauer, el sufridor personaje en la existencia de mi novela El Fósil Vivo, el que sentí como propio, incrustado en mis adultas carnes, que ocupará el espacio del vacío inmenso, que se conformará con la pérdida infinita; don Modesto, el primer decente -como yo le llamo-, no tendrá más remedio que mantener intacta la dignidad del olvidado.

Toda posteridad -quiero decir toda y la de todos- tendrá que vérselas con el mismo estruendo, más poderoso que la naturaleza de los seres sintientes, y no te digo nada de los seres que fueron pensados en cualquier cabeza, por muy laureada que se crea. Aún así, y a pesar de esta nostalgia patafísica, nos queda el único consuelo, la única fuerza ineludible: hacer grande lo que creamos para que los gusanos tengan algo que comer en su festín eterno. Esta obsesión no deja intacto al creador que todos llevamos dentro y amenaza con matarnos. Todo ello parece la explicación chabacana de la meta... de la patafísica.

 

jueves, 12 de noviembre de 2020

Literatura cofinada

El Momento

En pleno confinamiento, mientras disfrutaba de este tan  injusto y atroz encierro, necesitaba sumarme a las voces populares sobre la pandemia. 

Todos decían algo, aunque yo sentía que ya todo se había medio dicho, argumentado, falseado, medio corregido o exagerado.  Me encontraba en pleno proceso creativo gestionando la presunta estupidez de mis personajes, al tiempo que dictaminaba la mediocridad de mi nuevo narrador; estaba casi al final de este proceso de creación, y ya había dictaminado: la mente de mis nuevos personajes sería de miras cortas, su mundo se ubicaría en un mundo no globalizado. Mi nueva novela cuenta la historia de unos paletos con la mente muy austera. Así acababa con la sofisticada disertación sobre si me iba a dedicar en los próximos meses a temas filosóficos como la transhumanización, o sobre la catadura moral de mis personajes. También abandoné el debate entre la globalización o la turbo-globalización -esa invención o vorágine que devora todo-. Pese a todo, y mira que me cuesta hasta nombrarlo de lo rarito que es-, ese será el tema de mi nueva ficción. 

    Fue en ese momento exacto, mientras mis pensamientos me mantenían alejado de la pandemia, cuando concluí que un paleto puede adquirir el título de personaje principal de un relato. En ese momento llegó a mis manos -por recomendación de fuentes ilustradas-, la historia de la que quiero hacer mi comentario.

La Novela

    La maravilla de la que hablo es una novela de 1949 escrita por George R. Stewart, La Tierra permanece, es la obra de un visionario, con esa inusual capacidad que tienen algunos para diagnosticar algo que le puede ocurrir al mundo. Esta novela desde un pasado ficticio cuenta, no sólo lo que le ha ocurrido a la humanidad -su merecido presente-, sino también lo que le espera en el futuro.

                                          Editor digital: betatron

 El Argumento

    El protagonista, un geógrafo que prepara una tesis doctoral sobre ecología, aislado durante meses en las montañas, sin medios de comunicación, se siente enfermo al ser mordido por una serpiente. Al sentir ese miedo a morir tan humano vuelve a su casa en San Francisco. Pronto se da cuenta de que en la ciudad no hay nadie. La primera impresión es que los humanos han sido casi todos extinguidos a causa de un virus. La  epidemia debió propagarse con mucha virulencia por los Estados Unidos. Pronto descubre, al leer los periódicos, que la expansión de la pandemia por todo el planeta fue debido a los viajes en avión. Entonces se pregunta "¿cómo he podido sobrevivir?" La primera hipótesis es que algún antídoto tuvo que infiltrarle la mordedura de la serpiente. 

    Ish, que así se llama el protagonista, lejos de desesperarse se embarca en un viaje solitario de costa a costa, de  oeste a este de EEUU. Al final del viaje decidirá volver a casa de sus padres, en San Francisco. Pronto encontrará más supervivientes, incluso una mujer de la que se enamora, con la que tendrá numerosos hijos. Su nueva familia junto con otros supervivientes se unen para formar una Tribu, de la que nacerán nuevas generaciones; pero todos, por cómo ha quedado el mundo, dejan de creer en los conocimientos cientifico-técnicos, esos que produjeron tantos adelantos. Ish -el personaje principal un tanto melancólico- siempre estará obsesionado con recuperar la civilización perdida. 

    Al final, Ish en un acto de redención consigo mismo asume que los avances de la civilización, por muy novedosos e importantes que resulten, son todos caducos y efímeros.

El Presente

    La analogía con la pandemia por covid parece inevitable. Nosotros, igual que hace el protagonista de La Tierra Permanece, hemos bautizado la pandemia como El Gran Desastre, y para el próximo año, ya tenemos un nombre, el año uno; ojalá a este próximo año podamos llamarlo el año bueno

Con estas bellas palabras termina la novela:

    "Miró otra vez las cimas lejanas. Se había esforzado tanto… Había luchado… Había mirado hacia el pasado y el futuro. ¿Qué importaba todo ahora? ¿Qué había hecho realmente?
    Nada quedaba de todos sus esfuerzos. Se dormiría, descansaría en las faldas de aquellas montañas que se parecían a los pechos de una mujer y eran a la vez un símbolo y un consuelo.
    En seguida, aunque apenas veía ahora, se volvió hacia los jóvenes. Me entregarán a la tierra, pensó. Y yo también los entrego a la tierra, madre de los hombres. Los hombres van y vienen, pero la Tierra permanece.”