Con el Covid sobre nuestros corazones -nadie imaginaba lo que se nos venía encima-, tenía una cosa en mi cabeza, a saber, inventar un nuevo proyecto literario: la literatura de los pueblos. Para llevar a cabo esta tarea, debía contar cosas de mi pueblo -bonito u horroroso, tranquilo o ruidoso, repleto de paletos o de gente cosmopolita-, cómo eran sus habitantes, y sobre todo, cómo eran los recuerdos que de él tenía.
¿Quién no conoce a Edith Wharton capaz de narrar como nadie las aventuras de su moderna Manhattan? o ¿Quién no conoce a Leopoldo Alas Clarín, que nos hizo soñar con su rancia Vetusta? Me preguntaba por qué Alfredo no podría contar las cosas de su pueblo. ¿Acaso en Valencia, o en Torrente -en mi Arcanente- no se cuecen habas? Por supuesto que en Torrente también se cuecen habas -a tope de cocididitas, casi achicharradas-, y para saber bien a qué atenerme necesité diferenciar claramente mi odio de mi simpatía, sentir uno u otro sentimiento hacia mis vecinos tan odiosos o queridos.
Me puse a ello, tuve que construir una antinovela, como nueva propuesta literaria, lo que ya de por sí es un reto para la literatura; de tal modo nació La Paraeta -mi primera antinovela-. Una novela a contrapelo, escrita con la mano mala -ya sea esta la izquierda o la derecha-, una novela narrada, mejor dicho, dictada, por un narrador con sus capacidades disminuidas, todavía más, con sus capacidades políticamente incorrectas. Como los paletos siempre quieren compañía, los personajes protagonistas de mi historia debían ser unos paletos, y mira que fue difícil hacerlos coincidir con las poquísimas luces de mi narrador. Construir la idiosincrasia cognitiva de mi narrador con sus escasas luces fue una ardua tarea, e, igualmente, fue difícil dar forma a la extraña idiosincrasia de los personajes que deambulan por mi novela.
¿Cuáles fueron los materiales de La Paraeta?
Mis recuerdos de niño eran los únicos materiales de los que disponía, la única herramienta, aunque tuve que darles ese toque tan ¿cómo diría yo? ese toque tan peculiar, con el que construí mi turismo sentimentaloide. Hablo del viaje de los recuerdos al pasado, el pasado de neverita y sombrilla, un viaje a un lugar que ya no existe, por ser nuevo e irreconocible.
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