La memoria necesita una herramienta cuando se pone al servicio de la literatura. En mi opinión, la mejor herramienta serían los recuerdos: son el único capital humano que puede utilizar la literatura.
¿Qué se puede hacer con los recuerdos? Lo mejor que podemos hacer es aprovecharlos ¡para que no se pierdan!
¿Qué hacer con las anécdotas, los recuerdos más golosos? Se les podría pasar un trapito narrativo; de este modo se presentarían como recuerdos normalitos aunque tamizados: se fijarían en la memoria tras hacerse literarios, lo que conseguirá mantenerlos vivos.
Mis actuales antinovelas son el producto de dicho aprovechamiento literario. Estas obras son construidas con muchos de mis recuerdos. Utilizo cada recuerdo de la infancia, lo repienso mil veces, hasta que adquiere la condición de carne de novela -recuerdo ya tamizado y trastocado, con él puedo hacer lo que quiera-. Pondré un ejemplo de cómo se montan los recuerdos -cómo se construyen-, tal como lo expliqué en una vieja entrada, la del trece de agosto del año 2021, en plena pandemia:
Pero ¿cómo se monta un recuerdo, si solo disponemos de un chispazo primigenio?Tengo al menos dos chispazos en el margen de mis recuerdos: la palangana y la albóndiga. Mi madre de niño me bañaba en un barreño, cubo, piscina olímpica o simple palangana de zinc. ¿Puede una simple palangana trasformarse en piscina olímpica? ¿Y el niño gordito podía vestir pañales de neopreno? Todas esas visiones han sido verdaderas, pero ¿cuál es la primigenia? ¿Cuál es el recuerdo auténtico? Solo puedo garantizar una cosa, que esto ocurrió al amanecer de un día. Desde ese momento tuve que montar el recuerdo.
Las narraciones,
cuales quiera que sean, permiten montar recuerdos. En el ejemplo de la palangana fue mi madre
quien me lo contó y tras escucharlo, qué se yo la de veces, lo montó mi mente como quiso.
También mi madre que luchaba contra mi hambre feroz me regaló una inmensa bola de carne, una albóndiga, inusual comida para un bebé sin dientes todavía. ¡Qué felicidad debió sentir ese crió! Eso creo. Tuvo que ocurrir en el atardecer de un día. El manjar se convirtió en albóndiga años después, cuando mi madre lo relataba. Fue ella quien se hizo cargo del montaje. Yo me quedé con mi recuerdo...
Es evidente que un bebé no tiene la consciencia necesaria para fabricar un recuerdo tan sofisticado. De nuevo mi madre es la culpable del recuerdo, ella fue la narradora de la que hablo, la montadora de recuerdos. Precisamos de un narrador, o cualquier personaje, para trasformar un simple bocado en un manjar, o una mojadura de palangana en un precioso baño dominical. De nuevo el chispazo, una vez moldeado, se disfraza de manjar adulto. ¡Qué puede hacerle el ofuscado olvido a la felicidad de la palangana, o al delicioso bocado de la albóndiga!
Hasta aquí la reflexión de la entrada de hace años. Uno quisiera no poder olvidar ambos chispazos.
También las fotografías reconstruyen los recuerdos: vemos una foto y alrededor de ella montamos el recuerdo, la foto nos reaviva la historia de ese momento.
Y, ¿cómo hacer para que los recuerdos adopten la condición de ser perennes? Será necesario antes hacerlos valiosos. En eso pensé las últimas noches, lo que hizo que me costara tanto dormir, y mira que soy disciplinado, incluso apunto las cosas en mi libreta antes de conciliar el sueño.
Al final llegué a una conclusión: los recuerdos valiosos, como
los de viajes o comidas con amigos, las reflexiones más sofisticadas de las conversaciones, etcétera, tienen siempre que estar dentro de nosotros, así adquirirán la categoría de configurativos; de este modo se pegarán a nuestro talante, como hace cualquier dedo con su moco. Quiero decir, que una vez
recordados pasarán a formar parte de nuestro acervo psicológico, de nuestra
historia. Lo que está presente es perenne. De nuevo, el olvido poco tiene que hacer.
Quiero hablar ahora de los recuerdos imaginarios, o recuerdos ficticios, como también podrían llamarse. Pondré un ejemplo: tras escuchar una canción de Serrat titulada Maniquí, ¿quién no se ha imaginado rompiendo un cristal "de una pedrada", para después robar un maniquí, el mismo que "hacía más tierna mi acera" mientras "todo su cuerpo me tembló en los brazos"? Cuántas veces me ha asaltado ese recuerdo imaginario, aunque ahora este sea solamente el recuerdo de un recuerdo, sí, pero es el recuerdo de un recuerdo imaginario: pensado por nuestra mente imaginadora, la misma mente que los monta, ya trasformados en recuerdos ficticios, por supuesto, una vez estén bien adornados. ¿Quién no ha robado después de esta canción un maniquí? ¡Vete y busca!
La vida de los recuerdos parece inabarcable, sobre todo, cuando sabemos que muchos de ellos no son más que recuerdos de los recuerdos de otros, sin hablar de los contrafácticos, todos los posibles sucesos que se nos pueden ocurrir, eso sí, trastocados por nuestra imaginación.
Y no podemos olvidar la novedosa creencia que afirma que todos los recuerdos son falsos. Estamos apañados.
Se me ocurre que los recuerdos -estirándolos tal cual- no solamente son una herramienta para la literatura, sino la única herramienta con la que se componen las novelas. Si tengo razón, los recuerdos son herramientas que valen para todo, incluso para sobrevivir. ¿Qué haríamos sin ellos?
Tendré que hacer próximamente un listado de los diferentes tipos de recuerdos que se me ocurren.
Querido Alfredo, no solo me ha gustado tu entrada, sino que el tema de la memoria y los recuerdos me fascina. Ya estoy esperando tu lista de tipos de recuerdos. Leyendo tu entrada me pregunto si somos algo más que recuerdos, creo que alguna vez has comentado, cosa realmente cierta, que nuestra memoria y, por ende, nuestros recuerdos son la causa de nuestra felicidad o infelicidad. En el tema estrictamente literario me gustaría preguntarte si crees que la imaginación de un escritor debe a sus recuerdos más de lo que creemos, o planteado de otro modo, ¿se puede imaginar algo sin recordar lo que ya hemos vivido? También me gustaría saber si piensas que un "recuerdo tamizado" se puede convertir en un recuerdo contrafáctico, si es así, ¿podrías poner un ejemplo? Gracias.
ResponderEliminarMuchas gracias Elena por la claridad y profundidad de tus palabras. Es un comentario que me va a costar contestar:
ResponderEliminarEfectivamente, cuando digo que no somos nada sin los recuerdos, tal cual lo creo.
Y, por supuesto, nuestra felicidad o infelicidad dependen estrictamente de nuestra memoria, de lo recordado, pues solo desde ella podemos manejar nuestra actitud vital.
Lo de si es posible imaginar algo al margen de lo recordado, a mí no se me ocurre nada, quiero decir que la imaginación solo puede activarse con los recuerdos, y de ahí puede sacar también sus contenidos.
Por último, sí, un recuerdo tamizado por el "trapito" literario ya es de por sí un contrafáctico, es un recuerdo que nunca tuviste. Me pides un ejemplo: tú misma cuando te disfrazas de algo que jamás serás, de esas cosas imaginarias adornadas por el trapo narrativo.