miércoles, 29 de agosto de 2018

Mi transición no pudo desaprender de la trilogía de la imaginación.

O mejor, hablaré de las impurezas de la imaginación.
Al terminar mi trilogía precisé una nueva forma de narrar con algún ingrediente más... humano, ¿cómo diríamos? más... realista, autobiográfico y mundano. Así empecé esta nueva etapa literaria, la transición hacia una novela diferente.
¿Cómo cambiar mis anteriores facultades, las que formaban mis ladrillos narrativos? Los ladrillos con los que se compone cada frase hasta completar el edificio inmaterial llamado novela.
La imaginación es la facultad de la razón que todos los escritores desarrollan para construir su obra. La fantasía es el grado superior de la imaginación. Todo escritor utiliza la imaginación, pero no todos pueden llegar a la fantasía. Mi trilogía "El relato total" engloba mis tres primeras novelas y todas ellas  despliegan ese grado superior de la imaginación llamado fantasía.  
En El fósil vivo, la fantasía se puso al servicio del intelecto. Mi forma de jugar con el lenguaje creaba  por si misma los capítulos, y los párrafos enteros se componían con frases sonoras, sólo con el intelecto. Así, con la destreza del lenguaje, vino a mi mente la fantasía exacta.
En La Venganza del objeto la fantasía pilotó con audacia los recuerdos; recuerdos mezclados con partículas que se desprendían de mi imaginación. Con los recuerdos el devocionario se escribía solo. La fantasía, por sí sola, vestía la memoria de mi padre.
Por el contrario, en Residencia de quemados desarrollé la fantasía en bruto, la fantasía mezclada con la arrogancia y con la fuerza fue la que escribió mi novela, la que dio voz a mis queridos quemados.
El intelecto, los recuerdos y la arrogancia fuerte han constituido los condimentos de mi fantasía; podemos concluir, entonces, que la imaginación está llena de "impurezas".
Por todo ello, no parece que se pueda hablar de una imaginación pura, o al menos, a mi no se me ocurre, pues como en mis tres ejemplos, o la imaginación está ensuciada por el intelecto, sea este más o menos sublime, o habla desde la memoria hecha con esos ladrillos de recuerdos, o la desencadena la fuerza bruta de un personaje "legendario", como es el caso de la princesa Ruta. Intelecto, recuerdos de la memoria y fuerza bruta son ejemplos de "las impurezas de la imaginación". 


Mi cuarta novela precisa de una transición. Ya no necesito personajes con cachiporra, ni casi celestes por lo ultrahumanos que parecían; ahora sólo he tenido que inventar un personaje, con características usuales o familiares, acechado por hechos reales. Lo situé en un país lejano y querido por mi, en el Japón de los luchadores, allí viajó él, para medirse a esos hombres intrépidos, nada menos que a los maestros del judo. 


De todos modos, al igual que todo logro contiene su hallazgo anterior, mi transición no ha podido despegarse de toda la imaginación que la precede, de la anterior fantasía: también la cuarta novela contiene ciencia ficción en forma de actos futuribles, relacionados con máquinas ingrávidas y otros efectos sonoros o con luz invisible. Todos estos hallazgos -como si yo pudiera darles la categoría de personajes-, querían existir, hacerse vida; como en toda transición, algo quedaba de lo anterior, en este caso, no pude olvidar mis antiguas  maneras de narrar.


domingo, 1 de julio de 2018

¿Qué puede odiar la vulgaridad? ¿El intelecto?

En mi novela El fósil vivo creé sin esforzarme mucho a los bichanclos; les puse ese nombre, un tanto odioso, a todos los seres vulgares de ultramar, que se calzan chanclas (dos), y que añoran abrasarse con el sol dañino, se cubren con sombrilla o quitasol, sólo acompañados de su nevera de hielo, por toda protección. Los vulgares bichanclos odiaban a los intelectuales, y denostaban la cultura en todas sus formas. La intelectualidad para defenderse unió sus fuerzas y formó la noventaysietada, o la generación del noventa y siete. Mi sociedad de ultramar tan llena de bichanclos no iba a dejar que los superdotados intelectuales proliferaran, no, porque los bañistas tenían un arma, la intelectuación, es decir, el proceso judicial no sumario, por el que esos intelectuales serían perseguidos, cual bichas, para ser apresados, procesados y ejecutados. Como se puede ver la palabra intelectuación es la  mezcla entre intelectual y ejecución. Este concepto fue creado por mi personaje Ausonio, el principal de mi novela El fósil vivo, y que es propenso a unir palabros.
Existe un cabecilla de los intelectuales en mi novela, Modesto Bauer, mi primer decente, quien en estos tiempos que corren, aún parece tener más sentido.
Transcribo algunos textos la novela que hablan del maestro Bauer, para que se note su carácter:

"Descansaba Bauer en su pisito al norte de Hispalerdia, junto a la ventana desde la que (con prismáticos muy poderosos) se veía el mar [...] Cuando el maestro Bauer, en su lecho, pocos días antes de expirar, muy consumido por el hambre, que de llevarla a cuestas tantos años ya la tenía cauterizada, refunfuñó (con esa modestia que le caracterizaba) `¡ya os lo decía yo!´, todos le tacharon de agorero [...] Conque el maestro Bauer, empinado por primera vez sobre inusual altruismo dictó la primera ley de la evolución moral: `quien se lo haga a otro, a mí me lo hace: sea  `projimar´ el verbo de los Sobresalidos hombres, y su aplicadero el Pordoquier entero [...] ¿Es que he de suponer que Bauer cambió el mundo? [...] pues Bauer  (apodado también el Inmenso Arrinconado) había esparcido su desgracia en busca de mendrugos [...] `¿Y cómo siendo tan listo el tal Bauer murió de inanición?´ [...] Nuestro famoso Bauer, que murió de hambre a los sesenta y cinco, justamente a la edad en la que se atiborra uno con nada [...] Bauer en raído traje de chaqueta remendada y con coderas, con sus inéditas Ascomundi en la derecha y la Razón Serpenteante en la izquierda (ambas publicadas post mortem) defiende su cátedra por enésima vez ante un tribunal de arrebatados intelectuales que se mofan de su decencia [...] -Dijo –dijo Pardialez que Bauer dijo- `yo he habitado el Antimundo porque la Decencia cierra todas las puertas... pero, acaso ¿conocer la Decencia no es elegirla?´ [...] Episodio completo en el que Bauer tembló y tuvo tentaciones (cuando más que harto de su riguridad moral al maestro le faltó un pelo para abrir una sombrilla y zamparse una tortilla de patatas a la bichancla) [...] ¡Qué vacío siento bajo el esternón! –comenzó Bauer quejumbroso como casi siempre, con las palomas picoteándole migajas al suelo-: mi familia y yo no comemos desde hace ¡qué sé yo! ¡Mira esos animales qué gordos y felices! –y se apretó el corazón, bomba que mostraba ya desgaste y arritmias muy severas [...] -Cálmese Modesto, que tiempos vendrán para el atiborro ¡aunque sea psíquico! –le habló muy sosegador su amigo, y le mentó las obras que el maestro estaba harto de ver en su cajón- [...] Muchos cronistas se han preguntado si Bauer era antropopitecoide o venía de más alto, como esos ejemplares de única y particularísima Creación"
  
Para completar la imagen, transcribo un párrafo en el que hablo de los bichanclos, muy despectivamente, por cierto:

"No portaban accesorios ni sombrillas, ni quitasoles, ni ungüentos o mejunjes de esos que amainan los efectos de los rayos, que al ser abrasadores iban achicharrando a familias enteras entre gemidos y lamentos. Los niños corrían hacia el mar, pero el agua, obediente a una veloz marea, se alejaba a mucho más de lo que sus canijas piernas daban de sí. Los gritos de las suegras eran como de animales en jaulas".


Playa de Boquerón. Foto: Wikipedia Commons

A Modesto Bauer no lo mató un hombre concreto; su muerte fue por inanición, por ser simplemente despreciado, desoído, y porque nadie tuvo en cuenta su obra.
A sus seguidores, apodados la generación del 97 -tan necesarios para combatir a los bichanclos- no se les "ejecutaba" por ser listos, sino por ser propensos a la decencia, esa que destilaba su maestro y que tanto anhelaban los susodichos del 97, mis queridos héroes, o también llamados los pensadores-escritores. No sólo los inventé, sino que ideé la manera de perseguirlos.
La fantasía hizo eso, definió la vulgaridad (los bichanclos), en el marco de mi utopía negativa, para luego, imaginar cómo serían los pioneros de la decencia, y sobre todo, construí la manera con la que los bichanclos podían cargárselos o, cómo diríamos, intelectocutarlos.





martes, 27 de marzo de 2018

Las ideas magníficas: "no abro los cajones por no encontrar bocetos"

Los escritores también abrimos los cajones. En ellos reposan los recuerdos, que comparten su hueco, con esas fotos de colores apagadas por el tiempo; pero hoy quiero hablar de los bocetos literarios, de esos ladrillos con los que se construyen los relatos, esos cuatro trazos o apuntes que pretenden condensar una novela  todavía no escrita.
En los cajones de un escritor se encuentran bocetos que, con sólo una mirada, resumen la trama, la forma, la intención, el estado de ánimo del escritor cuando puso en ellos sus pensamientos. Ardua es la labor de abrir los cajones, sobre todo si te tropiezas con ese boceto, con esa idea magnífica -al menos así te lo parecía un día-, una idea propia de una literatura sin modas, que intenta denunciar o resolver problemas universales. Esos que aparecen en cualquier espacio y tiempo, en todos los "érase una vez".
Añoro la capacidad del escritor, la capacidad de trabajo, para trazar esos bocetos, los que resumen reflexiones de posibles proyectos, como si el tiempo no corriera por su cuenta, como si el tiempo corriera sólo de nuestra parte. ¡Qué tontos!
A veces, cada lectura de un clásico se nos presenta como un boceto, pero cada clásico se forja en un tiempo y en un espacio imposible de igualar, espacio y tiempo que todos hubiésemos querido atrapar.
El escritor pretende simplificar su trabajo con esas fotos-boceto que reposan en los cajones, pero no puede hacerlo, no puede recuperar la reflexión completa que tuvo lugar en el momento en el que realizó el boceto.
¿Qué hacer con estos bocetos, con estos ladrillos literarios todavía sin cocer? Se pueden leer, esperar que vuelvan a reencontrar su momento.



¿Los bocetos pertenecen al patrimonio del escritor aunque no hayan sido desarrollados como novelas? Pertenecen a su manantial, y a veces, parecen tener más de lo que prometen, lo que hace que sea doloroso recurrir a ellos.
En música existen los bocetos como apuntes en partituras pequeñas, como cuatro notas que darán pie a una sinfonía. Más fácil es encontrar una analogía con la pintura; ese trazo escueto, esquemático, con el que un pintor pretende atrapar su tiempo, como si fuese una caricatura.



Algo parecido, en mi opinión, le ocurre a las novelas de ideas: una idea te pertenece y puedes anotarla en tu bocetario, pero esa idea en huesos o esquemática, esa idea pre-reflexionada, precisa luego de todo el proceso de la narración: colgarle unos personajes, un tiempo, un espacio y unos hechos que sean apropiados para el mágico mundo de la literatura.
Ojo con la fantasía que el boceto produce: puede que sea más pequeño que todo lo que promete.

viernes, 26 de enero de 2018

Ausonio: mi personal hacedor de significado

Esa era la pretensión de mi personaje: hablar de su mundo inventado. Ausonio -mi fósil vivo- se expresa de manera peculiar, con la única intención de ayudarme a crear un mundo fantástico, aparentemente antiguo, aunque muy moderno en sus pretensiones ético-morales. Como muestra esta página del libro. La parte sombreada es un claro ejemplo de la existencia de neologismos.




Cada vez que Ausonio abre la boca expresa cantidad de conceptos nuevos, cosa que no puede remediar, al pertenecerle la característica de "memorión", y al hacer caso a su idiosincrasia. Ausonio necesita mostrar su nuevo logos, toda una ontología para que mi lector imagine cómo es su mundo, tan a desmano del nuestro. 
Existen en la novela diferentes tipos de términos inventados. Algunos de estos conceptos obedecen a la necesidad de designar actitudes, maneras de ser, defectos o virtudes; en general, un tipo determinado de pensamiento exige un tipo de palabra. De igual modo, cuando necesité describir objetos materiales, utensilios que no existen en nuestro mundo, pero que sí forman parte de mi mundo fantástico, inventé otras palabras que designaran estos utensilios. Es decir, los conceptos inventados, y parloteados por Ausonio, son de dos categorías. La primera surge del mundo de las ideas, del pensamiento, de lo inmaterial; la segunda de lo material, de los artilugios.  
Como ejemplo del primer tipo, conceptos que designan formas de ser, pondré dos ejemplos, "doncellez" o "deporsí"; y para los objetos se me ocurren otros dos, sin estrujarme mucho la sesera, "el pensarero" -ese a modo de monedero donde se guardan los pensamientos diarios-, y "el termómetro del espíritu", el artefacto que mide la presión espiritual de una comunidad.  
Ausonio no sólo inventa conceptos, además se saca de la manga expresiones más complejas, como por ejemplo, cuando dice que "los rupestres no tenían almohada", para dar a entender que eso que no tenían era conciencia.
Todas estas palabras-concepto precisan de un glosario, de un diccionario, idea que tuvo mi buen amigo y escritor Manuel García Rubio. El glosario ya lo tenía pensado, pero sólo era para consumo propio. Ahora me parece una gran idea, sobre todo, para facilitar la labor a los lectores de El Fósil vivo, y muy pronto me pondré a ello. Parece una empresa tan ingente como lo fue la imaginación de la obra, pero creo que valdrá la pena.
No os creáis que todos esos conceptos no fueron pensados de antemano, aunque también  es verdad que muchos me vinieron a la mente tras el argumento de la isla de Hostia; pero los mejores  ya estaban en el acervo cultural de mi personaje estrella, Ausonio, una vez establecido su personal "ideolecto".


viernes, 15 de diciembre de 2017

Del paraíso moral a la utopía literaria

El paraíso moral entró en mi casa de la mano de Clara, con esa fuerza del viento cuando tira de tus ropas, viento con  mágica fuerza, la del mejor argumento: fue en Residencia de quemados donde Clara parece tener siempre razón, y cuando no la tiene se apropia de su aliada Ruta, que le viene al pelo, para limpiarles la locura a los quemados, sus pacientes. Pondré un ejemplo: Ángel Torrado Torrado es mi quemado mental preferido. Le llamo en la novela "Sazonado corazón" precisamente, por la falta de chispa -fuerza moral- que demuestra, la falta de carácter que revela para enfrentarse a su tirana mujer, esa que tanto le doblega.




"Si no podía Sazonado y furioso Corazón sentir repulsa de la terapeuta que tanto le gustaba -infructuoso es para los sentimientos desdecirse-, optó por la grosería contra el sistema y la terapia, aún a sabiendas del batacazo:
-Doctora Clara, usted pretende que el humano sea perfecto. No estamos aquí para filosofar, ni para embaldosar el cielo y hacerlo pisable, sino para encontrar la felicidad en la misma vida que aborrecemos. Yo no quiero ser un espíritu claro y combativo; no confío de ese modo en la naturaleza humana.
Como el que mete por primera vez a un ser querido en una tumba y comprende en único llanto el mundo todo, sintió Clara el arrepentimiento de haber pretendido lo imposible, y le dio al sapo comida de sapo:
-Permíteme que no te retire la confianza que cogiste en mi habitación la otra noche: no te hablaré de usted. Sólo los que buscáis la felicidad rastrera importáis a la estadística de los gobiernos. Tú no quieres apartarte de tu bruja, ni que nadie te desanime de esa querencia; lo que pides es que te ayudemos a soportarlo, dándote la bendición de verlo bien: pues yo no te la doy. No soy yo quien vino al mundo a divertirse".

Ahí entra Clara con sus terapias "conductistas", y las apoya con la lectura del manuscrito de la princesa Ruta, la mujer que rebosa todo el carácter que el mundo necesita. Ruta, además, es mi personaje estrella, es quien pone los límites de mi mundo material; y lo hace en los primeros capítulos de la princesa de los arcanitas. Es en ese espacio donde el lector encontrará el lugar exacto de mi paradisiaco mundo del trueque, tan... agrario, utópico, añejo, tan... agropecuariamente personal.    

"Doce familias, entre ganaderos, agricultores y mecanicistas que sobaban primitivas máquinas, se encontraban reunidas en la planta baja del granero principal. En la estancia de madera, sentados a una mesa de quince metros de largo las doce familias con algunos abuelos discutían en reducidos grupos sobre las inclemencias de la producción, sobre el justo reparto de mercancías, o sobre las excelencias de sus maravillosos caballos, amarrados con sus carros en la entrada. Los animales de tiro soportaban la lluvia consolándose con redes de heno y alfalfa. Sobre la mesa, a ambos lados de la chimenea donde ardía un roble entero, en escrupuloso orden, se exponían: 
Doce gallinas ponedoras y doce pollos engordados.
Doce terneras y doce toros de un año atados por unas colleras a unas argollas de hierro en la pared.
Veinticuatro sacos de cincuenta kilos de patatas.
Doce tinajas de vino y doce garrafas de vinagre. 
Doce manojos de laurel, romero, hierbabuena, perejil seco, perejil verde y ajedrea.
Doce cestos de manzanas y doce tarros de las mismas pero en dulce.
Doce arados semiautomáticos de madera y doce guadañas de acero forjado con agua de lluvia y fuego.
Doce lotes de apicultura con miel, cera, jalea y polen.
Doce atillos de sarmiento para el asado de las carnes.
Y un montón de excedentes, siempre múltiplos de doce, que hacían las veces de regalos".

Junto a este paraíso moral, mi utopía literaria ya estaba en mi cabeza ha mucho, pero se materializó en palabras en El fósil vivo. Después ya pude establecer el peligro que se cernía sobre dicha utopía -algo que a toda utopía le acaece-, y lo hice en el contexto de frustración de mi personaje, el Maestro Bauer, el primer decente, mi personaje más resentido, el que tanto sufre porque dicha utopía literaria vive tan sólo en su cabeza. El peligro lo vio Bauer: la posibilidad de que nunca se alcance la utopía y se vuelva a lo indecente.

"Estos hombretones nacidos en pleno Apagón Moral dieron en llamarse la Generación del Noventa y Siete. No conocían la superficialidad y arrejuntados como quien dice (venidos cada uno desde su respectivo acullá) polemizaron contra la escritura, pues el antropopiteco rupestre –sobremanera el íbero- era muy estricto y propenso en lo de deleitarse leyendo pamplinas: ¿temas rupestres?... pues... me pillas... escribían de la mugre, los dinerillos, los juegos junto al mar en la resolana, y cualquier cosa que a su imaginación de celofán  aguijara. ¿Los personajes de la Escritura Rupestre? eran: periodistas, zafios, perdidos, del montón, apenados, del amasijo, prostitutas, estibadores, camioneros, apiñados, monjas, sudorosos, endeudados, y porteadores. Pues, era usual que no les satisfaciera lo trascendente y barnizado, prendados como iban de su frigidez espiritual y de sus bártulos, los cuales no ha averiguado turistólogo alguno por qué nunca los tenían pagados. Pero fueren lo que fueren, se apuntaban todos a la moral gomosa del momento: echaban humo por la boca, bebían, fornicaban (gratis o previo pago), cruzaban las piernas, fruncían ceños, hacían acrobacias con las comisuras de los labios, pasaban por el sindicato, adquirían viviendas en Tostasoles, salían por la noche, cantaban a la Luna, disfrutaban apiñados, practicaban el cohecho, y en general, abominaban de la nobleza, pues disfrutaban de la escritura popular, y sin moraleja". 

¿Por qué después del paraíso moral, yo, todavía necesitaba, algo como una utopía literaria?
Como he dicho más arriba el paraíso moral es algo más mundano, real, incluso más físico, más "experiencial" más mío; en cambio, la utopía literaria pertenece a la intelectualidad. En ella se encuentran todos mis pequeños logros conceptuales, todos los logros de mi querida filosofía.
Si en el paraíso moral se encuentra mi vida, en la utopía literaria aparecen los movimientos silenciosos de mi cerebro, la relación que las ideas tienen con la literatura. La autoinfringida posteridad.
El círculo se cierra y se completa así mi mundo de la vida.


martes, 31 de octubre de 2017

En el molde se encuentra el contenido

Todos los que hemos hecho judo, al principio, las sufrimos, pero, al final las disfrutamos. Me refiero a las katas. Una kata es un molde, un estuche, una plantilla... es una manera de luchar. Las katas no te enseñan cómo derribar al compañero, te muestran el estilo. 
Una kata suele ser un tanto estereotipada. En todos los países son tan parecidas, que podríamos decir, que se han salvado de los varapalos del espacio y del tiempo.

                                          Video: youtube

Los maestros de judo en Japón te enseñan las katas de igual modo que lo hacían sus ancestros, y con su aprendizaje, en el mismo paquete, comprendes la paciencia, la contención, o la belleza de los movimientos. Al luchador que practica las katas no se le premia la eficacia, al menos, hasta que abandone las prácticas y comience un combate. Ese es el momento en el que el luchador pondrá en práctica el estilo que aprendió a regañadientes con las katas. Pueden transcurrir años hasta que el luchador reconozca el valor de las katas, y todo lo que de ellas ha aprendido. Necesitará averiguar de dónde le vino cada movimiento, cada agarre, cada acción-reacción... sólo las katas te pueden enseñar esto. Este proceso suele ser largo para el luchador de competición, tan obsesionado con la eficacia y la victoria.
Sí, podríamos identificar la kata con el estilo. Por eso es frecuente valorar a un luchador por la elegancia de sus maneras incluso antes de juzgarlo por la eficacia en su lucha.             
En cambio, el luchador completo sería aquél capaz de aunar la maña de su kata (el estilo), con la eficacia en el combate (el resultado).
El concepto de kata es ajeno a nuestra cultura. Los japoneses lo ven como un molde, pero para nosotros -al menos para mi-, significa un estuche, una carcasa, una funda o mejor todavía, una caja, un perímetro o un patrón. Todos estos `recipientes´ pueden contener el estilo.
A la literatura parece que le pasa algo parecido. Estamos habituados a ciertas expresiones como, "tal obra no es muy profunda, pero está bien escrita" o "tal novela es muy correcta".  Pero, igualmente que el luchador completo debería aunar el estilo con la eficacia en la lucha, el literato no tendrá más remedio que juntar el estilo con el asunto, si desea ser un buen literato. La analogía con el judo me parece acertada.
Si el molde, es decir, si el estilo traza las virtudes en el combate, analógicamente, en la literatura ocurrirá lo mismo: el estilo marca el camino al asunto: forma y contenido están tan unidos que es imposible desincrustarlos.




viernes, 29 de septiembre de 2017

El realismo imaginario

Mi esforzado lector necesitaba algo realista e imaginario con lo que decorar la imagen que se le venía encima. Explicaré lo que proponía en la entrada anterior sobre la imagen, sobre la relación que esta tiene con la palabra, y lo haré atendiendo a esas personas que me siguen, que han pedido que comente la entrada, ajustando, concretando un poco más el caso del cuadro. Por supuesto que existen personajes imposibles de imaginar sin utilizar el realismo. Lo mostraré reproduciendo el párrafo de El fósil vivo en el que expliqué la imagen en la que Ausonio entra en la fragua de Hostia:
      "-Señores del metal, vengo a encargaros un hierro blandito para un humanoide hecho de escoria...
      ¡Escuche, Adelaida, mire que cuadro!: cinco eran los herreros que me recibieron estupefactos                 admirando ese halo de luz que me salía del pelo; portaba mi toga descubriendo mi torso (recogida   sobre un hombro), de manera que amainase la vehemencia del calor allá dentro, y mi dedo levantado para mantener mi autoritativo. Tres eran barbudos, y dos, imberbes; todos con taparrabos, muy sorprendidos de ver al natural carne de memorión, y la luz de mi mnemotecnia. El foco de luz de dicho cuadro era yo, que les iluminaba desde la puerta, aunque esté feo el decirlo. Ipsofactados por la descreencia de que yo fuera quien fuere, dejaron de darle golpes a la barra incandescente que sujetaba uno sobre el yunque, y a otro se le cayó una armadura nada más verme."
Como señores del metal me referí a los personajes del cuadro, y como puede observarse, usé el recurso de describir la pintura a otro personaje, Adelaida. Mi Ausonio porta una camiseta negra, objeto totalmente anacrónico en esos tiempos tan antiguos (trampantojo que utilicé). También, cuando escribo la expresión, aunque esté feo el decirlo, quiero denotar la ingenuidad de mi personaje. Hice ver que mi narración y descripción eran fiables, puesto que a uno de los personajes se le cae una armadura, hecho que en el cuadro es totalmente real.
En esta imagen que relata mi personaje se encuentra la única descripción del propio Ausonio a lo largo de toda la novela. Toda la pintura descrita expresa ese toque un tanto medieval de los hostiatitas, los habitantes de mi utopía. Lo narrado debía ser parecido a la imagen que el lector se haría de Ausonio. Como dije en la anterior entrada, para que la imagen valga más que las mil palabras tiene que ser una imagen mental, provocada en el lector.


Para introducir tan sofisticada escena del cuadro en el argumento de El fósil vivo, necesité remover toda mi maquinación novelística, y lo hice en el capítulo XV "No te resistas amor mío" (en el lago Michigan), cuando Ausonio dejó fuera al escoriatita  y entró solo en la fragua imaginaria de la isla de Hostia
Después de leer mi libro será difícil ver ese cuadro de Velázquez de manera aséptica, sin percibir las imágenes creadas con mi novela, y viceversa, esto es lo increíble.