domingo, 27 de enero de 2019

2018: el ciclo que se cierra. 2019: un nuevo ciclo

En el año 2018 cerré un ciclo literario que ocupó diez años largos de esfuerzo cognitivo. Fueron tres novelas, más una cuarta de transición.
Por fin he dado carpetazo a mis obsesiones: en Residencia de quemados necesitaba rendir cuentas con la psicología, con la arrogancia que los psicólogos demuestran con las debilidades de carácter; contra la ciencia mojigata y estirada, esa advenediza que se siente superior a las humanidades, a las que denigra, escribí La venganza del objeto; y contra la indecencia de los humanos corruptos, que desprecian la decencia, que la consideran imposible para la condición humana surgió El fósil vivo; como puede verse tenía muchas cuentas pendientes.
Tomoko -la novela de la transición- me permitió cerrar otra puerta, en este caso necesité darle un carpetazo a todo el sudor que supuraban mis juveniles poros; era necesario revivir mis recuerdos, los más duros y configurativos en mi carácter, los recuerdos del judo, para que se clausurara la etapa crucial de mi vida.
Con Tomoko creé mi atalaya-podio desde donde comprender el mundo para poder cambiarlo. 
Tras las cuatro novelas abandono el relato fantástico, no porque este precise de la juventud, no, sino porque me vuelvo a partir de ahora más realista, y a sabiendas... chapucero.


Skyrim: Atalaya sur de vigilia de los cielos. Clan Dlan

A partir de 2019 mis esfuerzos se centrarán en una nueva forma de escribir, me dedicaré a redefinir la antinovela, para lo que ya he empezado a escribir la primera antinovela construida desde el personaje. El primer personaje de mi antinovela será el ser más ignorante y absurdo que se me haya podido ocurrir. No sé si me atreveré, y por ahora, no puedo decir nada más.

miércoles, 16 de enero de 2019

"Hacer planes para morir resultó ser la mejor manera de vivir". El suicidio permanente, el taller de escritura de Charles, la trinchera de todo escritor. La novela circular

Mi personaje en Tomoko, Charles Sánchezlan, tras sufrir un accidente casi mortal -que para algunos parecía un primer suicidio-, quedó tan maltrecho que los doctores le daban pocas probabilidades de sobrevivir, entonces inventó la manera de vivir los últimos instantes de su vida; se le ocurrió el suicidio como ansia de vida: morir bien para autoafirmarse. Y así es como le cogió el gusto "al arte de morir", por lo que su muerte se le hacía crónica y tenía que tratar con las secuelas constantes de su extraño accidente. En ese estado, lejos de amilanarse,  definió un lugar o mirador:
"Pedestal desde el que mirar, una experiencia atroz, una circunstancia hipereducativa, un alto privilegiado que, por supuesto, nadie querría, un acantilado, un altar a la mayor adversidad, una plataforma, un observatorio sin igual [...]". 
Tal era la situación en la que se encontraba mi personaje. Se le ocurre un nuevo logro, extraído de la más tremenda adversidad. Lo expresa de esta manera en el capítulo La trinchera de Charles:  
"Mis capacidades cognitivas se habían forjado en dicho rigor, había constituido sin quererlo el mejor taller de escritura, para que esa histórica e insoluble discordia entre las palabras y las cosas se apaciguase de una vez por todas". 
Al ser el mundo tan oscuro y complejo como triste, es fácil que esa lóbrega atmósfera nos inste a cometer en él empresas inmorales. Por eso, para escapar de dicho riesgo inventé el taller de escritura, o mejor, lo  inventó Charles. El taller se parece a mi utopía literaria, es el podio desde el que mirar el mundo, o lo que es igual,  el  lugar exclusivo  desde el que hacer cosas por él. En el taller de escritura puede el escritor ejercer su único poder, lo cual, pese a parecer escaso, es mucho.
Mi personaje Charles precisaba su podio, su trinchera, ese lugar privilegiado desde el que mirar el mundo. Al ser Charles escritor se rodeó de libros de diferentes disciplinas -filosofía, literatura, historia- y estableció su trinchera en su casa, tenía un tiempo limitado para vivirla con una idea fija, la del suicidio permanente, la muerte perpetua: "hacer planes para morir resultó ser la mejor manera de vivir".



Estudiando constantemente en dicha trinchera fantástica, enfermo y maltrecho -hasta con lesiones medulares, que hoy todavía no son curables-, consigue inventarse un género, la novela circular, que no es otra cosa que darle vueltas y más vueltas a su mejor novela. Con este halllazgo -con su recién inventado género-  pretendía "recuperar al lector medio, los otros se sienten demasiado excepcionales, por una cosa o su contrario, tienen demasiados remilgos, por exceso o por defecto". Quiero decir que da por perdidos al lector estirado y al torpe, o lo que es lo mismo, al lector que sólo lee literatura específica de otras disciplinas, al adicto a lecturas especializadas y también al lector que no lee o lee poco.
Así explica Tomokito lo de la novela circular en el capítulo XI de mi novela, dictando una lista de títulos, algunos absurdos: 
"Mi padre inventó un género [...] Todas sus obras dan vueltas y vueltas a Silvestre y Tomoko, con ellos, una y otra vez, agotando todas las posibilidades [...] Silvestre ama locamente a Tomoko, Tomoko se casa con Sato, Tomoko se casa con Sato y se hace amante de Matsumoto, Tomoko se casa con Silvestre y se hace amante de Sato y Matsumoto a la vez, Tomoko se suicida, Silvestre se suicida, todos se suicidan, Silvestre se instala en Japón como intelectual (esta se tomó como una comedia, lógicamente), Tomoko se va a España (concretamente a Alicante) y pierde toda su elegancia y se hace chabacana [...]".
En la novela Tomoko necesité imaginar mi utopía literaria, definirla, crear una propuesta para devolver la esperanza al mundo, incluso para resolver sus problemas.

lunes, 31 de diciembre de 2018

La fuerza de un párrafo magnífico

El tercer artefacto -o ladrillo- constructor de mis novelas es un párrafo. Él sólo tuvo toda la fuerza  para inspirar mi novela La venganza del objeto. El susodicho párrafo había sido escrito años antes. Lo guardaba mi memoria como si fuese ese oro valioso, el oro emotivo, el mismo sin el que la vida se nos hace insoportable.
Hay personas que para homenajear a su padre le meten en un ataúd, y le ponen flores en su lápida, o colocan sus cenizas en una urna para que repose sobre frío aparador. Yo necesitaba algo más para reavivar su recuerdo, por eso le escribí una novela. La motivación la encontré en el párrafo, en el anhelo que él tenía por tener un hijo. Incluso años antes de ser escritor vino a mi cabeza ese párrafo.
Tenía una fotografía muy elocuente con la que extraer el párrafo: 
magnífica la foto de sus compañeros mineros, todos andaluces, muchos en chanclas muy precarias, y algunos con sus cascos rotos o de medio lado reflejando esa chulería andaluza. De cada uno de ellos él me contó una historia, todas tristes para mi mente juvenil. Valentín, se encontraba en la parte baja, a la derecha de la fotografía, con su sonrisa escasa aunque auténtica, y con ese lunar en una comisura; se le aparecía así su medio gesto, su media sonrisa, la misma que tanto nos gustaba. 


Sólo necesitaba imaginar los pensamientos de ese hombre joven, el anhelo por ser más, por tener un hijo que tuviese todo lo que a él le iba a negar su amarga vida, una guerra de tres años, la pérdida de sus compadres -mineros algunos que ya estaban en la foto- y tres años de campo de concentración muy duros. De la potencia de esa foto me vino el mejor párrafo para mi novela. Esa misma potencia a veces me hacía preguntarme si no era ella suficiente para que escribiese mi novela. La foto, de no ser por haber llegado antes de tiempo a mis recuerdos, antes de desear ser escritor, antes de poder imaginar la realidad con palabras, sería el verdadero artefacto constructor, el único. Pero no, el párrafo es el artefacto, el  motor capaz de relacionar el mundo con la magia de las palabras.




sábado, 29 de diciembre de 2018

Ampliación de la entrada anterior sobre el adjetivo decente. Mis rupestres bichanclos, tal y como mi imaginación los trajo al mundo

El pasado 28 de diciembre acabé la entrada sobre el adjetivo decente, sobre el segundo artefacto constructor de mis novelas. Una de las frases de la entrada es la siguiente: "los sobresalidos compartían fanguillo con los rupestres, los vulgares seres que anhelaban una extinción, a la que siempre se abocaban".






¡Qué mejor extinción que abrasarse en una playa! Hasta que no encontré unas imágenes de bichanclos al sol, acordes con ese acontecimiento cotidiano, no pude mostrar lo que mi imaginación había parido. Las dos obras son de la pintora Ana Canal.

viernes, 28 de diciembre de 2018

La fuerza de un adjetivo: decente

El adjetivo era el segundo de mis artefactos constructores. En mi novela El fósil vivo necesité  construir al Primer decente y para ello sólo tuve que rememorar una anécdota; mi imaginación hizo el resto.
Fue en una comida cuando uno de mis maestros filósofos contó las "aventuras" de un conocido, un hombre eternamente obsesionado con sacar una plaza en "salvaje" oposición, pero la anhelada plaza se le resistía. Al final, ya en su lecho de muerte consiguió ganar el concurso; era un hombre tan decente que tuvo que esperar la muerte para conseguir su reconocimiento, porque en nuestra sociedad parece difícil que la decencia sea amiga del éxito. Como puede verse es una historia usual, pero a mí me produjo mucha ternura, me conmovió, a pesar de que al comenzar a escuchar la historia todos nos reímos mucho.
Al primer decente lo llamé Modesto Bauer. A él le colgué todas las desventuras que se me ocurrieron y, como cada vez el personaje tenía más fuerza, le propuse como cabecilla de toda una generación, los sobresalidos -La generación del 97-, y a todos ellos les adjudiqué innumerables contratiempos, esos que la literatura les tenía preparados. Todas las novelas que escribieron parecían no tener repercusión en ese mundo oscuro en el que mi ocurrencia les permitió vivir,  en  Hispalerdia, como llamé al este de Hispania, la Hispania donde el sentido común nunca llega. 



Me venía al pelo todo un desideratum de escritos que nunca tendrían repercusión en ese mundo. Incluso inventé la manera de ejecutarles -con las intelectuaciones sumarias-, no sólo iban a ser escritores proscritos, sino que, como buenos seguidores de las desventuras de su maestro Don Modesto Bauer, deberían también compartir dichas desventuras. Los sobresalidos compartían fanguillo con los rupestres, los vulgares seres que anhelaban una extinción, a la que siempre se abocaban.
La decencia -la substantivación del adjetivo decente- debería, después de invadir la literatura, esparcirse por todas las facetas del mundo. Ese era el deseo de Ausonio, mi narrador de El fósil vivo.


sábado, 22 de diciembre de 2018

Residencia de quemados. La fuerza de una idea-argumento

Sigo con el mismo artefacto constructor que en la entrada anterior, la idea, pero en este otro caso ella es tan contundente como un argumento. 
¿Cómo construí Residencia de Quemados? Mi cabeza acababa de parir una idea-argumento: todo psicólogo debe introducir en el paciente el  tumor que luego debe extirpar. 
La idea me parecía tan sofisticada que se introdujo en el argumento, más aún, se erigió como argumento. Después, para continuar con mi construcción tuve que tomar cuatro decisiones, y como resultado creé los personajes, mis quemados, mis cuatro pacientes. Los cuatro con patologías psicológicas banales, lo que justificaría las malas artes de la psicología clínica, que era justamente de lo que yo quería hablar.   
¿Quién no conoce a un adivina qué, un clóchina, un chipirón incapaz de hablar, o lo que es igual, que miente más que habla? Es sabido que quien no dice lo que piensa miente. Adivina qué es el nombre de mi monológico, una figura odiada por mí desde la juventud.
O ¿quién no tiene un amigo blandito de esos que piensan con los sentimientos? Un sazonado corazón.
O ¿alguien obsesionado con el dinero, que no ve otra cosa en el mundo que el oro? Un hombre de oro.
¿Y una mujer fantástica, de esas activistas del tiempo, que lo estiran para fabricarse actividades que anulen su frustración?
¿Qué me quedaba por hacer?  Necesitaba una psicóloga y me vino a la cabeza una figura, un trozo de barro tosco, de él modelé a Clara, mi psicóloga  y terapeuta preferida. Clara iba a entender muy bien el argumento,  y entonces ya era fácil establecer su diagnóstico: mis cuatro quemados padecían algo tan común como la falta de carácter, lo que les hacía candidatos para introducirles, en las terapias de su consulta, el tumor que la recién estrenada terapeuta debería luego extirpar.


A mi novela le quedaba la decisión más difícil, el personaje estrella y regulativo. Entonces se me ocurrió una princesa, Ruta -la princesa de Arcano-, el hallazgo magnífico que destila fuerza y carácter, el contrapunto contra mis blanditos quemados. Ruta representa la imaginación, la ficción en estado puro.






jueves, 6 de diciembre de 2018

Tomoko. La fuerza de una idea como artefacto: la `penelopez´.

Cuando nos invade una espera continuada, a la que llamo `penelopez´, la pasión al no llevarse a término se coagula. 
La `penelopez´ es la espera sin fecha, la continuada esperanza de cualquier persona que ve cómo la felicidad se le resiste; es la esperanza involuntaria, quiero llamarla involuntaria porque nadie tiene la intención de provocar ese sentimiento tan dañino. A ellos dedico mi novela Tomoko, a esos seres de la espera sin fecha:

Para los Penélopes involuntarios 
"(...) Y nos hicimos Penélopes, que se separan sin razón, como si le debiésemos algo al Humano Drama"

Estos sentimientos  de insatisfacción perenne pude introducirlos en mi personaje Tomoko, por lo que puedo decir que forman el andamiaje ideológico semi-oculto en mi novela. Podríamos decir que la pasión coagulada sería el efecto que provoca la `penelopez´, el efecto que nos arrastra al desenlace último de dicho proceso sentimental.
Tanto la `penelopez´ como la pasión coagulada son conceptos muy configurativos en Tomoko, ideas insonoras que en mi novela  contienen toda la fuerza intacta, como la de todos los amores a los que les cuesta llegar a término. Ambos conceptos, por ser tan poderosos, han sido un referente en obras literarias y películas; por poner un ejemplo, Edith Wharton en su magnífica novela La Edad de la Inocencia los maneja constantemente, aunque no les ponga dicho nombre. Son ideas recurrentes, diría incluso, que están en el meollo de muchos argumentos.
La pasión coagulada que más bien parece una dolencia médica       -a todos nos da miedo un coágulo-, y que en realidad, es el aviso intuitivo que cualquier personaje puede padecer por verse en un proceso de espera infinita. Cualquiera puede trasformarse en un/a Penélope involuntario/a. 
Creo que lo he conseguido: debido a la fuerza explicativa que contiene la pasión coagulada, esta se comporta como una metáfora.¿O es que alguien puede creer que algo tan sentimental como la pasión puede espesarse hasta convertirse en un esputo o coágulo?